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Santa Fe y Rosario, Argentina, Junio de 2008
Encuentro para escuelas
secundarias
CUENTOS: |
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El elefante encadenado,
de Recuentos para Demián, Jorge Bucay |
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Cuando yo era chico, me
encantaban los circos y lo que más me gustaba de
los circos eran los animales. También a mí
como a otros, después me enteré, me llamaba
la atención el elefante. Durante la función,
la enorme bestia hacía despliegue de peso, tamaño
y fuerza descomunal...pero después de su actuación
y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante
quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba
una de sus patas a una pequeña estaca clavada en
el suelo.
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo
pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros
en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa
me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar
un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría,
con facilidad, arrancar la estaca y huir.
El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene
entonces? ¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía
confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté
entonces a algún maestro, a algún padre,
o a algún tío por el misterio del elefante.
Alguno de ellos me explicó que el elefante no se
escapaba porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia: —Si está
amaestrado ¿por qué lo encadenan?
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.
Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante
y la estaca...y sólo recordaba cuando me encontraba
con otros que también se habían hecho la
misma pregunta.
hace algunos años descubrí que por suerte
para mí alguien había sido lo bastante sabio
como para encontrar la respuesta:
El elefante de circo no escapa porque ha estado atado
a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos y me imaginé al pequeño
recién nacido sujeto a la estaca.
Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó,
tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar
de todo su esfuerzo no pudo.
La esta era ciertamente muy fuerte para él.
Juraría que se durmió agotado y que al día
siguiente volvió a probar, y también al
otro y al que le seguía...
Hasta que un día, un terrible día para su
historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó
a su destino.
Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo,
no escapa porque cree —pobre— que NO PUEDE.
El tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella
impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar
seriamente ese registro.
Jamás...jamás...intentó poner a prueba
su fuerza otra vez... |
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El acorazado. Narración
de Frank Koch en Proceeding, La revista de Instituto Naval
Dos acorazados asignados a
la escuadra de entrenamiento habían estado de maniobras
en mar con tempestad durante varios días. Yo servía
en el buque insignia y estaba de guardia en el puente
cuando caía la noche.La visibilidad era pobre;
había niebla, de modo que el capitán permanecía
sobre el puente supervisando todas las actividades.
Poco después de que oscureciera el vigía
que estaba en el extremo del puente informó:
"Luz a estribor".
"¿Rumbo directo o se desvía hacia popa?",
gritó el capitán.
El vigía respondió "Directo,
capitán", lo
que significaba que nuestro propio curso nos estaba conduciendo
a una colisión con aquel buque.
El capitán llamó al encargado de emitir
señales. "Envíe
este mensaje: Estamos a punto de chocar; aconsejamos cambiar
20 grados su rumbo" Llegó
otra señal de respuesta: "Aconsejamos
que ustedes cambien 20 grados su rumbo".
El capitán dijo: "Contéstele:
soy capitán cambie su rumbo 20 grados".
"Soy marinero de segunda
clase" —nos respondieron.
"Mejor cambie su rumbo a
20 grados". El
capitán estaba hecho una furia. Espetó:
"Conteste: soy un acorazado. Cambie su rumbo 20 grados"
La linterna del interlocutor envió
su último mensaje: "Yo
soy un faro".
"Cambiamos nuestro rumbo".
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La vida sin violencia.
La mentira descubierta
El Dr. Arun Gandhi, nieto de Mahatma
Gandhi y fundador del instituto M.K. Gandhi para la Vida
Sin Violencia, en su conferencia del 9 de Junio en la
Universidad de Puerto Rico, compartió la siguiente
historia como un ejemplo de la vida sin violencia en el
arte de sus padres:
Yo tenía 16 años y estaba viviendo con mis
padres en el instituto que mi abuelo había fundado
en las afueras, a 18 millas de la ciudad de Durban, en
Sudáfrica, en medio de plantaciones de azúcar.
Estábamos bien al interior del país y no
teníamos vecinos, así que a mis dos hermanas
y a mí, siempre nos entusiasmaba el poder ir a
la ciudad a visitar amigos o ir al cine. Un día
mi padre me pidio que le llevara a la ciudad para asistir
una conferencia que duraba el día entero y yo aproveché
esa oportunidad.
Como iba a la ciudad mi madre me dio una lista de cosas
del supermercado que necesitaba y como iba a pasar todo
el día en la ciudad, mi padre me pidió que
me hiciera cargo de algunas cosas pendientes, como llevar
el coche al taller. Cuando me despedí de mi padre
él me dijo:
- Nos vemos aquí a las 5 p.m. y volvemos a la casa
juntos.
Después de completar muy rápidamente todos
los encargos, me fui hasta el cine más cercano.
Me concentré tanto en la película, una película
doble de John Wayne, que me olvidé del tiempo.
Eran las 5:30 p. m. cuando me acordé. Corrí
al taller, conseguí el coche y me apuré
hasta donde mi padre me estaba esperando. Eran casi las
6 p.m. Él me preguntó con ansiedad:
- ¿Por qué llegas tarde? Me sentía
mal por eso y no le podía decir que estaba viendo
una película de John Wayne; entonces le dije que
el coche no estaba listo y tuve que esperar, esto lo dije
sin saber que mi padre ya había llamado al taller.
Cuando se dio cuenta que había mentido, me dijo:
- Algo no anda bien en la manera como te he criado puesto
que no te he dado la confianza de decirme la verdad. Voy
a reflexionar que es lo que hice mal contigo. Voy a caminar
las 18 millas a la casa y a pensar sobre esto.
Así que vestido con su traje y sus zapatos elegantes,
empezó a caminar hasta la casa por caminos que
no estaban ni pavimentados ni alumbrados. No lo podía
dejar solo. Yo llevé el coche 5 horas y media detrás
de él. Viendo a mi padre sufrir la agonía
de una mentira estúpida que yo había dicho.
Decidí desde ahí que nunca más iba
a mentir.
Muchas veces me acuerdo de este episodio y pienso. Si
me hubiese castigado de la manera como nosotros castigamos
a nuestros hijos. ¿hubiese aprendido la lección?.
¡No lo creo! Hubiese sufrido el castigo y hubiese
seguido haciendo lo mismo. Pero esta acción de
no violencia fue tan fuerte que la tengo impresa en la
memoria como si fuera ayer.
¡Éste es el poder de la vida sin violencia!. |
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